Hay palabras que describen un menú… y hay propuestas que casi exigen ser contadas con pausa, con ese punto de escepticismo inicial que todo buen crítico debería mantener. Porque prometer una “experiencia para disfrutar sin prisas” se ha convertido en un lugar común. La diferencia está en cumplirlo. Y ahí es donde Restaurante Los Patos juega su partida.
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Una narrativa que empieza con intención
El arranque no busca agradar: busca despertar.
La gilda sobre asadillo de pimientos no es un guiño fácil, sino una reinterpretación que baja la acidez clásica y la envuelve en profundidad vegetal. Justo después, la croqueta de carabineros aparece cremosa, intensa, con ese punto increíble de sabor que uno espera… pero que no siempre llega. Aquí sí.
Desde el primer pase queda claro: esto no va de técnica por exhibición, sino de sabor con discurso.
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El mar como hilo conductor (sin caer en lo obvio)
La ensaladilla rusa de mejillones y wakame podría haber sido un tropiezo —la ensaladilla es terreno peligroso—, pero sorprende por su equilibrio. Fresca, ligera, con un toque salino bien medido que evita saturar. No reinventa el plato, pero lo desplaza con inteligencia hacia otro territorio.
Y eso, en cocina contemporánea, ya es mucho.
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El plato que divide (y define)
El ramen de jamón ibérico con habitas y huevo a baja temperatura es, probablemente, el momento clave del menú.
Aquí el comensal decide: o entra en el juego o se queda fuera.
La fusión es arriesgada, sí, pero no caprichosa. El caldo tiene profundidad, el ibérico aporta umami sin resultar invasivo y las habitas introducen ese contrapunto verde que limpia el conjunto. No es un ramen ortodoxo ni pretende serlo. Es otra cosa. Y funciona.
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Producto, técnica y cierto clasicismo bien entendido
Cuando llegan los principales, el menú pisa terreno más reconocible:
- El rodaballo con holandesa, tomatitos y tirabeques habla de producto bien tratado, sin artificios innecesarios. Preciso.
- El magret de pato con puré de castañas y cebollitas confitadas entra en un registro más cálido, casi otoñal, donde la grasa, el dulzor y la textura juegan a favor.
Aquí el restaurante baja el tono experimental y demuestra que también sabe ejecutar lo esencial. Un acierto estratégico.
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Un final ligero.
El tiramisú de fruta de la pasión y frambuesa cierra el recorrido con frescura y ligereza. Aromático, bien construido, aunque quizá se echa en falta un punto más de intensidad para un final memorable. Es elegante, sí, pero no necesariamente inolvidable.
El extra para quien quiere más
El menú largo introduce dos platos que refuerzan la propuesta:
- Alcachofa rellena de boletus con velouté de frutos secos: pura profundidad, cocina de cuchara llevada a lo fino.
- Pulpo reinterpretado: correcto, aunque menos sorprendente que otros pases.
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Maridaje y conclusión
El maridaje de autor acompaña sin invadir, algo que no siempre ocurre. Se agradece la coherencia con el discurso del menú.
En conjunto, lo que propone Los Patos no es una revolución, pero sí una experiencia bien pensada, con momentos brillantes y un hilo conductor claro. Hay riesgo, pero medido. Hay técnica, pero al servicio del sabor.
Y sobre todo, hay algo que muchos prometen y pocos consiguen:
te hace quedarte… y plantearte volver.










